Dícese del pozo Funeres, que está en Peña Mayor, en el concejo de San Martín del Rey Aurelio, que fue donde los cuervos echaron el cuerpo del odiado conde de Tiraña, después de habérselo robado a sus sirvientes, que lo llevaban a enterrar a Oviedo, en el lugar que hoy llamamos Peñacorvera.

Y dícese también que el pozo es ni más ni menos que la entrada al infierno. Y que no tiene fin. Y que se escuchan a veces los aullidos del pobre perro del conde de Tiraña que por el se tiró para seguir a su amo allá, hasta los infiernos.

Pero la historia que nos contaron en Viñay, parroquia de San Emeterio, concejo de Bímenes, es aún más tris y mucho más trágica. Allí nos contaron que andaban un día dos pastorcillos, chico y chica, apacentando el ganado del conde, cuando se pusieron a recoger avellanas por las cercanías del pozo. Entre bromas y algún que otro escarceo, habían juntado ya bastantes avellanas en sus zurrones; tontamente, como hacen a veces los jóvenes para ver pasar el tiempo, empezaron a discutir quien tenia más avellanas. Que si yo tengo muchas, que si yo tengo más, que no digas tonterías, que no las digas tú, que mira como abulta el mi zurrón, que anda que el mio, que si pareces boba, que si el bobo eres tú, que si te doy una torta, que si la torta te la doy yo….y así sucesivamente.

La pastora, ya cansada de tanta tontería, y que debía tener más redaños que el pastor, se hartó la discusión y le dijo:

-Pos el que menos tenga, que caiga al pozo Funeres.

Dicho y hecho: a la pastora el pozo se la tragó, sin que nada pudiera hacer su compañero, que salió corriendo al pueblo, jurandose no volver a discutir tonterías  y jamas acercarse al tenebroso pozo Funeres.

Días más tarde, todavía aparecían por la fuente de La Salud, en Pola de Laviana, los corales del collar que llevaba la pastora. Así supieron todos que la fuente comunicaba con el pozo.

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