Hace ya varios siglos, en aquellos tiempos en que Epaña estaba dominada por los sarracenos, cuando los primeros gritos de independencia suenan en las agrestes montañas de Asturias, un valeroso paladín praviano, que lucha contra el infiel invasor, advierte la presencia de un numeroso grupo de árabes.
Duda si entrar o no en combate. El enemigo era muy superior en número e iban muy bien pertrechados de armas.

Un río, probablemente el Nalón, separa a ambos grupos. Estando el valiente capitán praviano en estas dudas, ve de repente en el cielo seis cuervos revoloteando y graznando de tal manera que pareciese querían enviarle un mensaje.

El valiente praviano ve en aquellos cuervos un signo de mal agüero para el enemigo y, dirigiéndose a los pájaros que ya sobrevolaban el río, les dice:

Aves de poca valía,
Que del hambre sentís pena,
Venid en mi compañía,
Pues de carne ajena o mía
Os daré la panza llena.

Nuestro valiente capitán, acompañado de sus guerreros, se lanza sobre los sarracenos infligiéndoles una gran derrota, de tal suerte que pocos lograron huir, dejando el campo de batalla lleno de cadáveres.

Después de esta batalla, capitán les dijo a sus bravos soldados:

Siempre vi con gran furor
( de memoria no me acuerdo)
muchas aves contra el cuervo
seguirle con gran denuedo
por no ser de su color;
y él las sigues con vigor,
con su pico agudo y fuertes,
síguelas hasta la muerte,
hiriéndolas de tal suerte,
que de ellas es vencedor.

El rey, enterado de esta hazaña, alienta al bravo soldado a que le indique qué premio desea por tan maravilloso hecho.
Nuestro héroe pide a su Majestad que le autorice a él y a sus descendientes pintar por armas en su escudo los Seis Cuervos, como recuerdo de esta batalla. Y el rey le concede este honor.

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